La última Proyección de Hogares 2026-2041, publicada por el Instituto Nacional de Estadística (INE) el 17 de junio, dibuja un cambio que va más allá de la demografía. Si continúan las tendencias actuales, España pasaría de 19,76 millones de hogares en 2026 a 21,94 millones en 2041, un aumento del 11,1%. La población residente en viviendas familiares crecería menos, un 8,4%, y el tamaño medio del hogar bajaría de 2,49 a 2,43 personas.
El fenómeno suele describirse como “atomización de las familias”, aunque conviene precisar el término: los datos del INE miden hogares, no familias. Los hogares unipersonales serían los que más crecerían: de 5,62 a 6,72 millones, un 19,6% más. En 2041 representarían el 30,6% del total y se convertirían en el tipo de hogar más frecuente. Además, el INE advierte de que estas nuevas cifras sustituyen a su proyección anterior de 2024-2039, cuyos resultados ya no considera representativos.
El problema económico está en los gastos que no se pueden dividir
Vivir solo no significa necesariamente gastar más en términos absolutos. Significa que determinados costes recaen sobre una única persona. La OCDE tiene en cuenta precisamente estas economías de escala del hogar: compartir una vivienda permite que las necesidades por persona sean menores que si cada miembro viviera por separado.
Un alquiler o una hipoteca, el frigorífico, el router, parte de la calefacción, los seguros o determinados gastos de mantenimiento no se duplican porque entre una segunda persona en casa. Por eso, cuando esos costes se reparten entre menos personas, el presupuesto individual puede soportar una carga mayor, aunque el gasto total del hogar sea inferior.
Los últimos datos de la Encuesta de Presupuestos Familiares ayudan a entender la magnitud de los gastos difíciles de esquivar. En 2025, los hogares españoles gastaron de media 35.101 euros. Solo vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles absorbieron 11.665 euros, el 33,2% del presupuesto medio. Los hogares unipersonales menores de 65 años registraron un gasto medio total de 23.784 euros.
Más hogares también significan más presión sobre la vivienda
La cuestión no termina dentro de casa. Si una misma población se reparte entre más hogares, hacen falta más viviendas para alojarla. El Banco de España señala en su Informe Anual 2025 que el número de hogares creció más que la población entre 2007 y 2025, en parte por la reducción progresiva de su tamaño medio. Eso incrementa la demanda de viviendas respecto a la que cabría esperar observando únicamente el crecimiento de la población.
La institución calcula, además, que en 2025 se crearon unos 240.000 hogares mientras la producción de viviendas disminuyó un 9%. El propio Banco de España advierte de que la respuesta de la oferta residencial viene situándose por debajo del crecimiento del número de hogares.
Eso no permite afirmar que los hogares pequeños sean los responsables de la subida de los precios o del alquiler. La vivienda depende también de la oferta disponible, de dónde se concentra el crecimiento demográfico, de la demanda no residencial y de otros usos del parque existente. Pero el tamaño del hogar añade una presión que a menudo pasa desapercibida: dos personas que antes necesitaban una vivienda pueden acabar necesitando dos.

La energía muestra con claridad la pérdida de economías de escala
El consumo energético ofrece otro ejemplo. Un estudio del Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE), publicado en 2025, sitúa el consumo energético anual medio de un hogar de una persona en 5.500 kWh. En uno de dos ocupantes aumenta hasta 7.672 kWh. Es decir, incorporar una segunda persona no duplica el consumo.
Si se divide esa media entre los ocupantes, serían unos 5.500 kWh por persona en el primer caso y 3.836 en el segundo. La explicación está en los consumos compartidos: climatizar una vivienda, mantener funcionando el frigorífico o iluminar las zonas comunes no cuesta el doble por convivir dos personas.
Son medias, no una factura aplicable a cualquier casa. El gasto real depende del tamaño y eficiencia de la vivienda, el clima, los equipos instalados, los hábitos y los precios de la energía. Pero el dato ilustra bien por qué la reducción del tamaño de los hogares puede elevar determinados costes por persona.
Qué debería revisar quien vive en un hogar pequeño
Nada de esto significa que vivir solo sea una mala decisión económica ni que compartir vivienda sea siempre mejor. Hay hogares unipersonales por elección, envejecimiento, separaciones, emancipación o circunstancias familiares muy distintas. El problema aparece cuando el presupuesto se analiza como si todos los gastos disminuyeran proporcionalmente al número de personas.
La primera revisión útil consiste en separar costes fijos y variables. Vivienda, suministros, telecomunicaciones, seguros y mantenimiento pueden pesar especialmente cuando dependen de un único ingreso. En hogares con varios adultos, ordenar los recibos comunes puede ser más sencillo después de comparar cómo funcionan las cuentas conjuntas, sin que eso implique que sean necesarias para todos.
En hogares de una sola persona también cobra más importancia disponer de margen para un gasto inesperado porque no existe un segundo ingreso dentro de la casa que pueda absorberlo. Quien esté construyendo ese colchón puede consultar una comparativa de cuentas de ahorro y revisar condiciones, límites y remuneración antes de elegir.
La clave, por tanto, no está en juzgar cómo vive cada persona. Está en entender que una España con más hogares pequeños necesita más viviendas y reparte determinados gastos entre menos bolsillos. Para el lector, mirar cuánto de su presupuesto es realmente compartible —y cuánto seguirá pagando aunque viva solo— ofrece una fotografía mucho más útil de su coste real de vida.









