El cambio: más gestión activa dentro del envoltorio ETF
La novedad no es que existan ETF activos. La novedad es que empiezan a ocupar un espacio más visible en Europa, justo en un mercado que durante años ha identificado los ETF casi siempre con gestión pasiva, bajo coste y réplica de índices.
El último análisis europeo de BBH apunta a un dato claro: el 63% de los inversores europeos encuestados prefiere la gestión activa frente a la pasiva para los próximos 12 meses, y el 98% prevé aumentar su exposición a ETF activos. La encuesta global de BBH se realizó en diciembre de 2025 entre 325 inversores de ETF de Estados Unidos, Gran China y Europa.
Morningstar también detecta el mismo movimiento por el lado de producto. Los activos en ETF activos domiciliados en Europa alcanzaron 85.600 millones de euros a cierre de marzo de 2026, frente a 78.800 millones a finales de 2025 y 52.500 millones a finales de 2024. Aun así, siguen siendo una parte pequeña del mercado: alrededor del 3,1% del patrimonio total en ETF europeos.
Para el inversor particular, esto significa una cosa sencilla: cada vez verá más ETF que no se limitan a replicar un índice. Algunos buscarán batirlo, otros controlar mejor ciertos riesgos y otros ofrecer resultados definidos. Eso amplía el menú, pero también complica la comparación.
Costes: el TER ya no cuenta toda la historia
El primer filtro sigue siendo el coste. Un ETF activo puede ser más barato que un fondo activo tradicional, pero normalmente será más caro que un ETF indexado comparable. Por eso no basta con mirar si el producto se llama ETF. Hay que mirar el TER, las comisiones de compraventa del broker, el diferencial entre compra y venta y la liquidez real.
BBH señala que los inversores siguen dando importancia a la eficiencia fiscal, los costes, la liquidez y los gastos de negociación al elegir ETF. En un producto activo, esos factores pesan más, porque el gestor necesita justificar la comisión adicional con una gestión que aporte algo distinto: menor volatilidad, mejor selección, control de duración en renta fija o una exposición que no pueda replicarse de forma sencilla con un índice barato.
Aquí conviene ser especialmente prudente. “Activo” no significa automáticamente mejor. Significa que hay más decisiones dentro del producto. Y más decisiones implican más necesidad de entender el proceso, la cartera y el riesgo asumido.
Para quien compare alternativas antes de invertir, tiene sentido partir de una referencia amplia como la selección de mejores ETFs y, desde ahí, revisar si el ETF activo realmente aporta algo frente a un producto indexado de bajo coste.

Fiscalidad y transparencia: dos puntos clave en España
En España hay un matiz importante que no siempre aparece en los titulares. Los ETF no disfrutan, con carácter general, del diferimiento fiscal por traspaso que sí tienen muchos fondos de inversión tradicionales. La CNMV recuerda que ese diferimiento no se aplica a los fondos cotizados ETF.
Esto importa mucho en un ETF activo. Si el inversor cambia de estrategia, vende un ETF para comprar otro o rebalancea con plusvalías, puede generar tributación. En una cartera de largo plazo, el coste fiscal de rotar productos puede ser tan relevante como unas décimas de TER.
También importa la transparencia. Un ETF indexado suele permitir entender con bastante claridad qué índice replica, cómo está ponderado y qué exposición ofrece. En un ETF activo, el inversor debe hacer más preguntas: qué margen tiene el gestor, con qué frecuencia cambia la cartera, qué benchmark usa como referencia, qué riesgo puede tomar y qué parte del resultado depende de decisiones discrecionales.
BlackRock explica en su material sobre ETF activos que estos productos pueden buscar batir un índice, generar ingresos o lograr un resultado concreto. J.P. Morgan, por su parte, recuerda en su documentación de ETF UCITS que las participaciones se compran y venden en mercado secundario, con posibles diferencias frente al valor liquidativo. Son detalles técnicos, pero tienen una consecuencia práctica: el precio al que entra y sale el inversor también importa.
Qué debe vigilar un inversor indexado
Para un inversor acostumbrado a fondos indexados o ETF pasivos, los ETF activos no deberían verse como sustitutos automáticos, sino como piezas que exigen una due diligence distinta.
La primera pregunta es si el producto mejora la cartera o solo añade complejidad. En renta variable, hay que vigilar si el ETF activo concentra más posiciones, se aleja mucho del índice o depende de una temática concreta. En renta fija, donde BBH detecta interés relevante, hay que mirar duración, calidad crediticia, divisa y sensibilidad a los tipos. En este caso, revisar opciones dentro de mejores ETFs de renta fija puede ayudar a comparar riesgos de forma más ordenada.
La segunda pregunta es si el ETF encaja con el horizonte temporal. Un producto activo puede tener sentido para exposiciones más tácticas o mercados donde la selección aporte valor, pero no siempre encaja como núcleo estructural de una cartera sencilla. Para carteras de largo plazo, la comparación con mejores ETFs para invertir a largo plazo sigue siendo útil: coste, diversificación, liquidez y fiscalidad pesan más que el atractivo comercial del lanzamiento.
La tercera pregunta es si el inversor entiende qué puede salir mal. Un ETF activo puede hacerlo peor que su referencia. Puede cobrar más. Puede tener menos historial. Puede ser más difícil de comparar. Y puede obligar a pagar impuestos si se vende con ganancia para cambiar de producto.
La llegada de más ETF activos a Europa no invalida la inversión indexada. La obliga a ser más selectiva. Para el inversor particular, la clave no está en elegir entre activo o pasivo por etiqueta, sino en comprobar si el producto aporta una exposición útil después de costes, impuestos, liquidez y riesgos.









